La vida analógica

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El fin del mundo no llegará con un meteorito ni con una invasión alienígena; llegará el día en que el proveedor de servicios de internet decida, por pura maldad burocrática, cortar el cable frente a mi casa. Lo sé porque lo viví: cuarenta y ocho horas de silencio digital que me hicieron cuestionar si todavía existo o si, al no estar conectado, me he convertido en un fantasma doméstico.

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